La obra propone habitar un espacio suspendido entre la vigilia y el sueño, donde el vacío deja de ser una amenaza para convertirse en un lugar de permanencia y contemplación. A través de la intervención de un espejo, el objeto desplaza su función habitual: ya no devuelve una identidad fija, sino que hace emerger recuerdos y fragmentos de una memoria en constante transformación. La oscuridad se presenta como un ámbito de quietud y refugio, mientras que la ausencia adquiere una dimensión poética antes que dolorosa. La pieza invita a convivir con lo incierto y lo inasible, planteando interrogantes sobre la memoria, la identidad y aquello que permanece innombrable, proponiendo el vacío no como un final, sino como la posibilidad de apertura hacia nuevas formas de percepción.