La vertiente forma parte de una investigación sobre el cuerpo como territorio donde se inscriben la memoria, el dolor y la condición humana. La obra parte de la idea de que las heridas —físicas, emocionales o simbólicas— no constituyen únicamente una marca individual, sino también una forma de narrar la experiencia de existir. El cuerpo deja de ser un objeto de representación para convertirse en un paisaje atravesado por tensiones, donde conviven la fragilidad, la resistencia y la posibilidad de transformación. La sangre que emerge no remite exclusivamente a la violencia, sino también al origen, a la vida y a aquello que insiste en brotar aun después de la herida. Desde una pintura de fuerte carga simbólica, la obra propone una reflexión sobre los conflictos internos, el autoflagelo, la vulnerabilidad y la búsqueda persistente de sentido, entendiendo el cuerpo como el primer territorio donde se manifiesta la experiencia humana.