Cuando entendemos a la tierra como entidad sintiente, el concepto de comunidad se expande del cuerpo individual al cuerpo de la propia tierra, incluyendo a no-humanos y consecuentemente el mundo cobra sentido en su interacción. La dimensión simbólica busca ampliarse por medio de prácticas poéticas, generando dinámicas espaciales de construcción identitaria y de pertenencia.