Esta obra explora la memoria como un territorio fragmentario. El paisaje no aparece como una imagen unificada sino como un conjunto de indicios que la mirada intenta recomponer. La división del soporte introduce una discontinuidad que impide una visión total, haciendo visible la distancia entre el recuerdo y su representación. La carbonilla sobre fenólico integra la materialidad de la madera al dibujo, donde las vetas, los vacíos y las marcas participan de la construcción de un espacio que persiste como huella antes que como registro.