La obra retrata a Chaya, entidad diaguita símbolo de la lluvia y el rocío, quién durante la
cosecha de febrero acompañada por la diosa de la luna Quilla, desciende para ayudar y
regar a la madre tierra.
Es así que, en un marco extractivista, ella teme por el deicidio (acción de matar a un dios) de la Pachamama. De aspecto casi famélico, gesto de aflicción y un racimo de albahaca en su oreja izquierda, el cual durante el carnaval norteño en su honor indica soltería, podría alegorizar estar sola de devotos o falta de fe en lo humano y cuyo ánimo reposa en la sospecha de que los dioses casi nunca fallecen. Mientras, de fondo, gotas de rocío/savia verde caen.
Desde la técnica, la textura o pincelada intenta evocar la herencia milenaria andina de textiles de las y los maestras/os tejedoras/es.